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Este artículo fue publicado en la revista Martes Financiero, el 13 de marzo de 2018.
http://www.martesfinanciero.com/history/2018/03/06/relieve.asp

Por: OSCAR CASTAÑO LLORENTE, ocastano@prensa.com

Ninguna vacuna existe contra la desidia, pero la bióloga Argentina Ying pudo inmunizar a su equipo de trabajo contra la falta de interés de la comunidad académica y de las autoridades locales.

En el final de la época más política de la Universidad de Panamá —de una duración cercana a dos décadas— y sin mayores recursos, esta investigadora panameña coordinó la labor de un equipo de investigadores para someter la temible tórsalo, una mosca que se pasea oronda desde México hasta el sur de Argentina. El díptero causa en humanos y animales, en particular en los bovinos, la enfermedad parasitaria de miasis.

El equipo  liderado por la doctora Ying apenas si contó con un capital semilla de 20 mil dólares, cuando debía contabilizar al menos 80 mil, para adelantar una investigación sobre la base de la innovación, la aplicación práctica y su homologación en una contraparte europea. El resultado anunciado hace cinco años consistió en la protección o reducción de la infección en el 86% de animales vacunos llevados al campo donde se realizó el ensayo epidemiológico inicial. Dicha muestra auguró el desarrollo de una  posible vacuna.

La fórmula contra la tórsalo se convirtió en una patente conjunta de la Universidad de Granada, España, y la Universidad de Panamá y puede valorarse como uno de los avances más eficaces de la ciencia nacional.  Según proyecciones económicas, las infecciones de tejidos vacunos llegan a representar pérdidas anuales de 13 millones de dólares para los ganaderos.

La patente, y es ahí donde exhibe su poder inmunológico frente a la desidia, llevó al órgano rector universitario a convertirse en pionero en la invención de patentes, antes que otras universidades e instituciones del país.

El logro satisfizo el requerimiento clave de tener una patente dentro del proceso de certificación de los centros de educación superior, en este caso la Universidad de Panamá, frente al Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria de Panamá.

“La diferencia entre una universidad y un instituto de educación superior es la investigación. Y esto es lo que nos permite a nosotros no estar repitiendo lo que otros hacen o dicen, porque en vez de ello se va generando un conocimiento propio, que si redunda en beneficio de la sociedad o del país, entonces con mayor razón debe fomentarse el rol universitario”, categoriza la bióloga.

OTRA VICTORIA

La patente fue, en términos de lo eficaz, otro triunfo de la mujer panameña. En el principio de la parábola profesional de la bióloga, ella le manifestó a un profesor suyo, casi como una confidencia, el deseo de hacer una maestría en ciencias. El docente, “una persona mayor nacida en la primera mitad del siglo XX”, intentó minar la confianza de la alumna cuando él le contestó: “Todo el mundo no tiene que ser investigador y profesor. Usted puede quedarse como asistente y así también obtendrá logros”.

A la vuelta de los años, 48 para ser precisos, Argentina Ying ha satisfecho toda su vida  profesional en la Universidad de Panamá. Escribió allí su currículum vitae y consta de una licenciatura en biología con especialización en tecnología médica, y una maestría en ciencias con especialización en entomología médica. Y es profesora titular de la cátedra de parasitología del Departamento de Microbiología Humana de la Facultad de Medicina.

Puede decirse, según se constata en la muestra científica local, que el 90% de los laboratorios con operaciones en Panamá tiene de colaboradores a exalumnos de la profesora Ying. Las instituciones científicas del país se valen de profesionales forjados por ella, como sucede con al menos cuatro de los integrantes del Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología instalado en la Ciudad del Saber.

Toda una espiral del conocimiento insuflada por una panameña cuya única aspiración radica en hacer que sus estudiantes “vayan mucho más lejos de lo que yo he ido hasta ahora”.

Pero toda moneda tiene su anverso, y a diferencia de aquel profesor retrógrado, otro de la secundaria del Instituto Justo Arosemena se encargó de motivar en Ying su anhelo de desarrollarse científicamente. El hombre también pertenecía a la primera mitad del siglo XX, pero iluminaba su quehacer con el espíritu del médico estadounidense William Gorgas, residente en Panamá durante la construcción del Canal para disminuir los brotes de la fiebre amarilla y la malaria.

El maestro vital de la bióloga se llamaba Novenciado Escobar y tuvo la osadía de inaugurar, en un país nacido para el comercio y los negocios, un club escolar de ciencias. Ying era de las pocas chicas, si no la única, en aquel conciliábulo de alquimistas.

“Siempre ha habido dificultades en el desarrollo científico, y en otra época una de ellas era el hecho de ser mujer. Sin embargo, la Universidad de Panamá promueve el espíritu  de las ciencias en todos los panameños”.

La Universidad de Panamá, añade Argentina Ying, procura aquel cometido sin distingo de raza, credo o condición. En el primer cuarto de este siglo XXI que se propaga imparable como un incendio,  en las facultades de la salud y afines a la ciencia se gradúan más mujeres que hombres, y lo hacen con los mejores índices académicos.

Una antorcha, sin que esto signifique una innecesaria guerra de géneros, ilumina a unas y a otros desde hace casi medio siglo. 48 años para ser exactos.